ÉRASE UNA PERSONA A UN SMARTPHONE PEGADA

Los llamados “smartphones”, o teléfonos inteligentes, ¿lo son en serio?

Hace un par de semanas, me estaba “wasapeando” con un amigo para planear un nuevo reencuentro, cuando me soltó de golpe y porrazo: “¿esta vez me prestarás más atención a mí o a tu Iphone?”. Drama. Mis peores temores se hicieron realidad: “me he convertido en una de esas personas que viven pegadas a su moderno y completo aparato telefónico”, pensé indignada conmigo misma.

No niego ni de lejos las incontables ventajas de esas pequeñas y potentes maquinitas. Personalmente desde que la tengo, vivo mucho más en contacto con mis amigos, hablo con la gente a la que quiero casi a diario. Además, no me tengo que preocupar por buscar recónditas direcciones antes de salir de casa, ni siento tanto temor a no haber imprimido la entrada del último espectáculo. Profesionalmente, las posibilidades son interesantes, correos en directo, búsquedas online, documentos importantes siempre a mano, transferencias bancarias automáticas…Y, ¿qué decir del ocio? Cuando tengo unos minutos libres, puedo encontrar fácilmente una distracción amena, o curiosear rápidamente las noticias más frescas. Radio, prensa, juegos, redes sociales.

Desde luego los smartphones, nos han abierto un mundo de casi infinitas posibilidades virtuales que nos hacen la vida más fácil.

Pero, ¿No hay riesgo en todo esto? Quiero decir, ¿nunca os habéis sentido verdaderamente incómodos al estar con una persona que insistentemente y a cada lapso de 2 minutos, se halla absorto en la pantalla de su preciado juguetito? ¿Hola?, ¿me haces caso por favor?

Puede resultar verdaderamente incómodo. Particularmente me siento poco atendida, siento que no me están prestando suficiente atención, o más allá, que se están aburriendo conmigo.

Pero no es solo cuestión de mala educación, me temo que estos pequeños ordenadores, nos están minando de cierta manera, nuestra capacidad de disfrutar de la vida, del aquí y ahora, de la realidad que se presenta ante nuestros sentidos, que es verdaderamente la única posible.

Pongo un ejemplo. Este fin de semana, he ido a un maravilloso paraje natural de la cordillera cantábrica y he vivido una experiencia curiosa. Mi compañero de viaje al llegar a un acantilado precioso en el que de fondo se veían los picos de Europa y las olas rompiendo contra las rocas, sacó su teléfono, y comenzó a fotografiar el paisaje. Cuando terminó su sesión de fotos me dijo, “bueno nos vamos?” y automáticamente publicó sus fotos en las redes sociales, le envío un mensaje a su hermana, y volvió del paseo concentrado en su pequeña pantalla, respondiendo a las respuestas que su “red de amigos” iba dando a su vida online.

 ¿Estamos locos o qué? ¿Qué hay de respirar el aire puro del cantábrico, de disfrutar las vistas relajadamente, de sentir la suave brisa en el pelo y el sol acariciando nuestra piel? Nada, en realidad, la experiencia fue más bien virtual para él, estuvo ahí, ¿estuvo ahí realmente? Muchos de los que amablemente le respondían en las redes sociales, seguramente pensaron en la estupenda experiencia que él estaba viviendo, aunque la realidad fuese otra bien distinta.

Lo digo alto y claro: el contacto con la realidad puede verse limitado por nuestra esclavitud a esos pequeños aparatitos.

 Como todas las máquinas que van mejorando, o al menos ese es en principio su función, nuestra calidad de vida, todo depende de su uso. Así que desde estas líneas hago un llamamiento para que nos detengamos a pensar un poco sobre esta cuestión. Que hagamos un alto en el camino y meditemos bien sobre el uso que le damos a nuestros smartphones. Que nos cuestionemos si no nos estarán limitando con fuerza nuestro contacto con la realidad, con los otros. Señores, que la vida es el sol y el aire. Es la montaña y la risa de un niño rodando colina abajo en las fiestas del pueblo. Lo demás, son complementos, ayudas, mejoras.

¡Vivamos, amigos, vivamos en contacto con la realidad sin filtros virtuales!

Lucía Camín Cañellas

Psicóloga y Psicoterapeuta

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