LA TIMIDEZ Y LA VERGÜENZA: DOS CARAS DE LA MISMA MONEDA

Todos y cada uno de nosotros tenemos miedo. El miedo es una de las emociones básicas del ser humano y como tal no es negativo sentirlo. La diferencia se encuentra en cómo percibimos el miedo.

¿Qué es el miedo? El miedo es una emoción que nos activa y pone a nuestro organismo en estado de alerta preparándolo para poder llevar a cabo una acción urgente que nos ponga a salvo en una situación de peligro. El miedo es un mecanismo de supervivencia y se puede manifestar de varias maneras, por ejemplo puede generar el impulso necesario para salir corriendo y huir del peligro. También existen otras respuestas cuando tenemos miedo, como enfrentarse a lo que nos produce el miedo si existe esa posibilidad o quedarse quieto cuando el miedo nos paraliza. Todas estas respuestas son adaptativas cuando responden a una situación real de peligro.

Pero, ¿qué sucede cuando la situación está en nuestra percepción o en nuestra fantasía y no en la realidad? Estas son las situaciones en las que imaginamos que nuestras acciones van a desencadenar un resultado negativo o insatisfactorio para nosotros. Y todo esto está sucediendo en nuestra cabeza.

Este es el miedo no adaptativo o anticipatorio, porque anticipamos una situación concreta en la que algo malo nos va a suceder. No sabemos el qué exactamente porque es una sensación difusa, la sentimos como una sensación de catástrofe.

Ante todo, este miedo necesita ser comprendido y escuchado. Si está ahí por algo es, de eso no cabe duda. En la gran mayoría de personas con las que he compartido sus procesos de desarrollo y conocimiento personal he aprendido que el miedo se instaló en su mundo emocional a lo largo de experiencias vividas anteriormente en su historia. Vivencias en las que había una necesidad psicológica o emocional que no fue atendida o satisfecha adecuadamente. Y cuando no se atienden nuestras necesidades emocionales es cuando más miedo sentimos. Sin embargo, este miedo es una emoción básica y primaria con lo que habitualmente saldrá a la superficie de otra forma, disfrazado. El miedo tiene varios disfraces.

En este artículo voy a reflexionar brevemente sobre un par de ellos, la timidez y la vergüenza. La timidez es la expresión del miedo al rechazo. La timidez puede llegar a ser muy destructiva. Se suele relacionar en la persona con la necesidad de reconocimiento, de ser valorado por los demás. Con lo que se crea un cóctel que puede provocar mucho malestar. Cuando contactamos con este miedo al rechazo, la timidez es un mecanismo que funciona como los muros y las puertas de un castillo que se cierran. Así hacemos imposible que los de fuera puedan ver “nuestras debilidades”, las partes del castillo que yo anticipo que el otro va a atacar o, simplemente, que no le van a gustar.

La vergüenza es la expresión del miedo a la burla o a la humillación. Está directamente relacionado con la imagen de inseguridad que yo creo proyectar. Es el deseo de huir del malestar que siento en una situación a toda costa. La vergüenza es una auto-crítica negativa que refleja el miedo a no valer, produciendo un sentido del ridículo como un “tierra trágame”.

Y vuelvo a repetir, si está ahí es porque hay una razón para ello. Es entonces cuando solemos recurrir a diferentes “soluciones” como pueden ser entre otras; consumir alcohol y/o sustancias en determinadas situaciones activadoras del miedo hasta que no sintamos vergüenza ni timidez, percibir el mundo desde la desconfianza hacia los demás para que así no nos pillen desprevenidos o vivir en una eterna duda que es la expresión de la falta de confianza en uno mismo.

Si sentimos miedo y lo podemos descargar saludablemente nuestro organismo vuelve al equilibrio y dejamos de sentirlo. Así el miedo ha cumplido su función. Pero, ¿qué sucede si no lo hacemos así? Si no aprendemos a gestionar y canalizar nuestro miedo, entonces se intensifica y se va acumulando. Es el momento en que experimentamos que algo no está yendo bien porque el miedo nos desborda. Entonces podemos buscar apoyos o empezar a cuestionarnos nuestra capacidad para manejar los miedos. Cuando experimentamos esta situación de desborde varias veces diferentes puede llevarnos a pensar que “somos miedosos”. Se genera una creencia acerca de nuestra identidad que nos va a condicionar en nuestras acciones futuras. Las buenas noticias son que podemos aprender a gestionar nuestras emociones saludablemente y, de esta forma, cambiar las creencias sobre nosotros
mismos y la forma de relacionarnos con los demás.

Juan Del Valle.

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