Allí dónde solíamos gritar

Hace algún tiempo, me encontraba en mi oficina estresada por la entrega inminente de algún informe, cuando de pronto, escuché un profundo lamento gutural proveniente de la calle. Fue un alarido tan real y transparente que yo misma, en ese momento y lugar y dadas las circunstancias, hubiese con gusto dejado escapar de lo más profundo de mi diafragma. Me asomé a la ventana para comprobar atónita que semejante expresión de alivio provenía de un chiquillo de no más de tres años, insatisfecho probablemente por tener que abandonar el parque infantil.

Me vino entonces a la memoria, una escena parecida de mi propia historia, al menos en materia de decibelios. Yo tenía entonces unos cuatro años, y acudía ilusionada (e imagino engañada) con mi madre al pediatra, para inocularme alguna importante vacuna. Me sentaron en una silla altísima, y entre batas blancas, y la mirada nerviosa de mi madre, comencé a intuir que algo grave se cocía. En cuanto ví la aguja reaccioné. Me puse a gritar, patalear y a convulsionarme de tal manera, que el pediatra enfadado, desistió de su atroz maniobra. No me pincharon esa vez.

Sin embargo, allí estaba yo, unos cuantos años después, en mi oficina, colapsada, nerviosa, enfadada por el retraso, pero callada con la mejor de mis tensas sonrisas frente a una colección de caras largas, igualmente estresadas, igualmente reprimidas. Comenté entonces con mis compañeros en tono de humor, la suerte de aquel chiquillo liberado, el gustazo que sería ponerse a gritar libremente en medio de la oficina de vez en cuando.

¿Qué narices ha pasado con nuestra capacidad de gritar? ¿En qué momento dejamos de hacerlo? ¿Por qué nos asustan tanto los alaridos? ¿Es realmente necesario reprimirse los estados de nervios o enfado hasta anularlos? ¿Cómo sería una sociedad en la que todos los hombres y mujeres gritasen cuando les vinieran en gana? ¿Tan grave sería?

Quizás los humanos, necesitamos la cohesión grupal para seguir dominando el planeta, o quizás los gritos rompan la dulce armonía de la vida en comunidad. O no, quizás no. Puede que no, puede que todos viviésemos más relajados en realidad, si de vez en cuando, soltásemos un par de gritos bien espontáneos.

Al margen de los beneficios neurobiológicos del grito para nuestros sistema nervioso (liberamos adrenalina, noradrenalina, cortisol), gritar es un gustazo, un gustazo enorme. Quizás por eso el fútbol engancha tanto, es uno de los pocos espacios en el que el grito está permitido socialmente.

Los animales gruñen, relinchan, aullan, ladran con intensidad. Y no se pasan el día haciéndolo, no viven continuamente atacados, me atrevería a decir que en realidad pasan la mayor parte de su tiempo en un estado de relajación envidiable.

¿Qué nos pasa a los humanos occidentalizados?

Vale, asumamos la realidad, no está aceptado, y no pretendo yo aquí  animar a la gente a romper con el cálido estado de tensión-represión que acompaña nuestra vida en comunidad. No seré yo la que invite a asustar a nuestros vecinos y compañeros con una muestra de lo más natural. No estamos preparados para romper con tanta norma estricta, implícita y aceptada. Pero busquemos espacios de liberación, apañémonos en nuestro día a día para buscar maneras y sitios para gritar con libertad. En el coche, en el campo, en un concierto, contra la almohada, jugando al tenis…

¡Gritemos amigos, gritemos en libertad!

Por Lucía Camín, Psicóloga y Psicoterapeuta

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