Lo que nos regalan los niños

Cuando los papás traen a sus hijos a terapia experimentan la incertidumbre de lo que puede estar ocurriendo en el mundo interno de sus hijos. Pueden venir sintiendo miedo a confirmar sus peores fantasías en cuanto a que su hijo tenga un problema grave, esté sufriendo y que tenga difícil o escasa solución y también con una carga autoimpuesta de culpabilidad con la pregunta en el aire de “¿Qué habré hecho mal para que mi hijo se encuentre así?”.

En otras ocasiones, la culpa se reparte hacia el entorno cercano del niño y la energía se va perdiendo por el camino en laberintos de quién-hizo-qué-mal. Frecuentemente estas situaciones terminan en callejones sin salida. Esto sacrifica tiempo y espacio a lo esencial; lo que existe por debajo de los problemas de conducta, los problemas para relacionarse con otros, las somatizaciones en el cuerpo, la bajada del rendimiento escolar…

Todo lo anterior y continuado en el tiempo, puede ir creando un clima en el que el problema abarca tanto espacio que se pierden de vista las posibilidades de cambio que ofrezca la situación. Esto puede ocurrir principalmente por dos dificultades que suelen darse en el encuadre de inicio de la terapia: (1) Centrarnos sólo en el “por qué”, en las causas, que olvidemos el “para qué” o el “cómo”, dos preguntas que ofrecen respuestas también que permiten recuperar la esperanza en encontrar soluciones, a la vez que amplían la visión de opciones creativas y generadoras. (2) Por otro lado, ver el síntoma como un obstáculo de crecimiento y desarrollo para el niño/a. Desde la perspectiva terapéutica es de mayor utilidad ver el síntoma como la oportunidad de aumentar la conciencia sobre lo que está pasando a un nivel más profundo.

Todo esto, hace más sencillo aprovechar los recursos que rodean al niño (sus papás, el colegio, profesores, orientadores, otros profesionales que trabajen con él) e ir juntos en la misma dirección.

Bajo este prisma podemos hacer una revisión de lo que ha pasado en este proceso y podemos fijarnos en que los niños están regalando sin saberlo algo fundamental a su entorno que hasta el momento permanecía oculto. En este sentido, aprovecho para introducir el concepto de Sombra que Jung definió como <<el aspecto “negativo” de la personalidad, la suma de todas esas cualidades “displacenteras o incómodas” que nos gusta esconder, junto con las funciones subdesarrolladas y los contenidos del inconsciente personal>>. Trasladado al tema que aquí se refiere, el síntoma que expresa el niño, es una manifestación de lo que no se atiende, lo que queda oculto o en la Sombra. Rescata la oportunidad de hacerlo consciente, ponerlo a su propio uso y al mundo que le rodea: tal vez ponga de manifiesto algo que no funciona en la dinámica familiar, o bien deje ver los bloqueos que existen en la relación entre sus papás, o quizá “ponga a prueba” a su profesor justo en los enfrentamientos que a éste le cuesta manejar.

Y es que los niños recogen sin darse cuenta (otra veces sí dándose un poco de cuenta) lo que hay en su entorno. Como dice M. Colodrón, los niños son como “esponjas psíquicas” que absorben de su ambiente inconscientemente y luego lo actúan incluyendo elementos del inconsciente o que pasan desapercibidos en la cotidianeidad.

En las profundidades del síntoma del niño/a está algo clave para todos los que tienen la oportunidad de convivir con ellos y para los propios niños y niñas, que recuperan temas esenciales para las personas a pesar de presentarse en formatos molestos, preocupantes o, incluso, angustiantes para los que están en relación con ellos/as. Aquí cabría preguntarse si se prestaría atención a todo esto si no se mostrara con características, al menos, incómodas y que inviten a hacer movimientos fuera de la famosa “zona de confort”. Mirando la situación de conflicto con la que viene un niño a terapia comenzamos a abrir posibilidades. Ver el síntoma, dificultad, malestar de nuestro hijo/a como un regalo que el niño ofrece a la familia de camino hacia un cambio necesario y beneficioso para todos. Abrir los ojos y escuchar a nuestro pequeños más cercanos, puede, entonces, convertirse en una aventura interesante que nos haga aprender de quiénes son ellos y también aprender de nosotros mismos.

 

Andrea Castro Carrasco

Psicóloga y Psicoterapeuta

 

Bibliografía

Libro: Jung, C. G. (1951) Aion. Editorial: Paidós Ibérica.

Artículo: Colodrón, M. Sistema familiar, ciclo evolutivo y proyecto de vida (1ª parte): La niñez o la orientación del ser. Boletín de ECOS. Nº 33. Enero (2008)

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