Integrar los cambios en la pareja, ¡Qué miedo!

Con este artículo no pretendo hacer una teoría, ni mucho menos una crítica clara sobre el sistema de la pareja en nuestra sociedad, pero cada vez me encuentro con más personas perdidas y realmente asustadas con este tema. Por ello, me gustaría compartir inquietudes y reflexiones que no paran de sonar en mi cabeza. Y, si es posible, que entre todos intentemos encajar algunas piezas.

En las últimas décadas han sucedido grandes cambios que no nos han dejado asimilar y elegir lo que realmente buscamos en nuestras vidas. Todo iba hacia un cambio positivo, libertad (antes vetada, sobre todo en las mujeres), prioridad del amor, crecimiento profesional, sexualidad sin límites… Parecía que llevar todo esto a cabo era muy sencillo, menos doloroso que resignarse a lo que nos había tocado. En cambio, a pesar de los aspectos positivos, todos estos movimientos nos generan incertidumbre, falta de límites, miedos y sobre todo inestabilidad. Tal vez se hayan dado demasiado rápido, nos educaron con teorías conservadoras y de “princesas” y ahora vivimos con lo contrario sin saber hacia dónde nos lleva esto. Luchamos con pensamientos entre “yo soy alguien libre, no quiero depender de nadie para hacer mi vida” o “ya no existe un amor para toda la vida”; y “espero no quedarme sol@” o “quiero construir una familia”.

Actualmente, pareja y familia se dan como dos instituciones separadas. Antes la pareja se difuminaba en la familia, se integraba en un mismo sistema de sustento a la unidad familiar. Ahora si hay problemas con nuestros compañeros, podemos romper sin excesiva dificultad. Es una realidad que se ha instalado legalmente, hay múltiples maneras de relacionarnos y tenemos la posibilidad de firmar diferentes “contratos” según nuestras necesidades. ¿Pero, las necesidades de quién? ¿De uno mismo? ¿Del otro? ¿De la pareja? ¿De los hijos?…

Antes de continuar me gustaría hacer unas diferencias de términos que nos pueden ayudar a entender esta realidad tan compleja.

Comenzaré con una sutil diferencia entre los conceptos relación y pareja. Me gusta el concepto de relación como la sensación en la que yo existo en la mirada del otro y viceversa. La pareja sería, en cambio, una relación con RELACIÓN DE PERTENECIA. Se crea una institución que nos contiene y a ella también nos vinculamos. Nos encontramos, entonces, con dos amores: el amor al otro y el amor a la relación contenedora.

La diferencia entre vivir y existir también nos puede ayudar a poner bases a este tema. Vivir aparece como el hecho biológico de estar en este mundo, pero existir sería el sentimiento que construimos constantemente. Cuando las cosas, por ejemplo en la pareja, van bien no nos damos cuenta, pero si empeoran (pérdida de la pareja) nos sentimos menos existir.

¿Cómo nos hacemos existir? Por medio de dos elementos: la relación con la mamá (relación fusional) y el resto de relaciones. Comenzamos la vida con una relación, si no, no estaríamos aquí. Creamos durante la vida diferentes relaciones y logramos existir por medio de las pertenencias que éstas nos ofrecen. Sin pertenencias no hay identidad. LA PAREJA, POR LO TANTO, NOS DA IDENTIDAD.

Hoy en día, sobre todo en ciudades grandes, hay en ocasiones carencia de familia, así como de otros grupos sociales; lo que genera una necesidad de mayor pertenencia a la institución de pareja. Debido a la importancia que este sistema adquiere, el dolor tras la pérdida o por sus crisis, es más grande, ya que genera una pérdida importante también de la identidad del individuo que lo sufre. Se busca por medio de esta institución una identidad, pero con un añadido de sexuación: existo como mujer, existo como hombre.

Parece una paradoja que tome tanto peso y, a la vez, escapemos de ataduras y compromisos; porque vivimos en una sociedad “moderna” en la que prima la autonomía y la libertad de elección. Pero creo que esta aparente contradicción se da porque no nos ha dado tiempo a limitar conceptos y los malinterpretamos. En mi opinión, conseguir autonomía no consiste en una ausencia de compromisos, al revés, considero que la autonomía nos permite ser libres para elegir estos compromisos. A su vez, el mayor número de compromisos (dependencias), nos ofrece una mayor autonomía. De esta manera, tenemos más pertenencia, más identidad y, por consiguiente, más apoyos en nuestra vida; lo que nos permite existir cuando en una de estas pertenencias las cosas no van tan bien. Si sólo tenemos un sistema que nos dé identidad, nuestra existencia se tambalea y, de ahí, la gran incidencia de patologías, crisis existenciales, luchas trangeneracionales e ideológicas con las que nos encontramos en la actualidad.

Lo que está claro es que tenemos una gran responsabilidad en este tema. Creo que nos toca equilibrar ambas generaciones; se lo debemos a las futuras, que por cierto, ya se están viendo afectadas por nuestro desconcierto existencial con nuestros cónyuges… No ha sido nuestra responsabilidad que se hayan dado tantos cambios, pero sí lo es poner un poco de orden en todo esto, cada uno a su manera. No sé cómo debemos hacerlo, pero sí que siento una petición popular de llegar a un término medio en el que no vivamos con la rigidez y determinación de nuestros antepasados, pero tampoco con la soledad confundida con libertad que nos está llevando a la locura. Locura entendida como falta de construcciones sobre la manera en la que queremos relacionarnos, existir y, al fin y al cabo, tener soportes contenedores que nos den equilibrio.

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