Yo sí vengo con manual de instrucciones

Una problemática que observo habitualmente en consulta, y que aparece frecuentemente en las sesiones de pareja, tiene relación con un clásico de los mejores monólogos de humor de todos los tiempos: “mi pareja no me comprende”. Aunque los contenidos varían, suele ser un tema de lo más recurrente para hombres, mujeres, adultos, adolescentes y viceversa.

Para todos ellos, y para mí misma, he llegado a dos conclusiones importantes y relativamente prácticas a la hora de encarar este tipo de problemáticas que desgranaré con ilusión en este artículo.

Ahora me escondo y te observo y te puedo decir,

Yo mataré monstruos por ti,

Sólo tienes que avisar

“Un día en el parque” Love Of Lesbian

 

 1) Comunicar, comunicar, comunicar … y decidir

 Los cuentos y las películas para la siesta de serie B, han hecho un flaco favor a las relaciones de pareja, fomentando con sus historias que muchas personas se aferren al tópico de la “compatibilidad espontánea”. ¿Acaso algún ser racional puede tragarse la falacia de que cuando por fin se besan, ella y él comerán perdices y serán felices para toda la vida? ¿Así, por generación espontánea? Los que piensen eso, ya en la noche de bodas se cuestionarán si lo del día anterior fue realmente una buena idea.

Cuando terminaba una película en la que los dos protagonistas, tras muchas vicisitudes, sellaban su amor con un casto beso mientras de fondo aparecían los títulos de crédito, mi abuela siempre decía “¿Ya está?, ¿No nos enseñan nada más?” ¡Ay Chayo, cuanta razón tenías! Nadie nos ha enseñado a encarar una relación en el día a día, dando por supuesto que todo marchará sobre ruedas, porque el amor, todo lo puede.

 Cada ser humano es absolutamente único, ha vivido unas determinadas experiencias, tiene unos gustos, hábitos, sentimientos, pensamientos, opiniones y necesidades tan propios y subjetivos, que difícilmente se podrá acoplar por ciencia infusa a otro ser con su propio entramado de vida.

Antes de aventurarme a firmar en el registro civil, ¿Me he parado a pensar si esa persona conoce realmente mi verdad? ¿Y yo la suya? ¿Y encajan? Si no comunicamos lo que somos y necesitamos, de una manera honesta y abierta, ¿cómo vamos a arriesgarnos a más? Así que una vez que la chispa del amor llame a nuestro corazón, ¿qué hacemos con semejante pastel?

Comunicar, comunicar, comunicar…

 Desde las primeras citas, atrevámonos a comunicar abiertamente al otro nuestros gustos, intereses, aficiones, experiencias y preferencias, desde las más nimias a las más profundas, y mantengamos las orejas, el corazón y las tripas muy abiertos a las experiencias del otro, a su verdad. Sólo así sabremos con quien estamos invirtiendo nuestro tiempo y energía, sólo así estaremos seguros de que no hay posibilidad de fraude.

 La comunicación se vuelve especialmente importante, cuando la relación se consolida y aparecen los primeros conflictos. En esta etapa, muchas personas tras un dulce periodo alucinatorio, parecen aterrizar en una verdad insoportablemente dolorosa, cargada de fracaso y desilusión.

En contra de la creencia generalizada de que el amor es algo estático, una visión de todo o nada que sencillamente aparece y desaparece, la realidad se muestra terca en confirmar que el amor es una experiencia personal compartida, que se va construyendo en gran parte gracias a la comunicación en pareja.

Al ser todos tan únicos y especiales, es natural que surjan divergencias en muchos aspectos de la vida. Estas diferencias en sí mismas no son malas, forman parte de la realidad personal de cada uno. Mientras ella disfruta de un lento paseo por el parque, él estará deseando llegar para comprar el periódico y caminará rápidamente a su lado divagando sobre los resultados deportivos de la última jornada. Son estas situaciones vividas en silencio, las que suelen propiciar muchos de los conflictos desvelados en la mayor parte de los divanes de todo el planeta.

Ella podrá pensar “¿Porqué está tan nervioso, acaso no le gusta estar conmigo?”, o en los casos más extremos podrá sacar conclusiones más desoladoras del tipo: “No le importo, no me quiere”. Así podrá mostrarse triste y apagada al llegar al kiosco. Él por su parte podrá pensar “¿Porqué está tan seria, se habrá cansado de mí?”. Estas sensaciones generan desconfianza, rencor, dolor, se acumularán hasta que la presión sea insoportable, y saldrán luego bajo uno de los más adictivos venenos: los reproches.

 ¿Pero acaso hemos informado al otro expresamente de que “me gustan mucho los paseos tranquilos por el parque”, o “disfruto enormemente del periódico del domingo”? O ante el primer signo de inseguridad hemos preguntado “Te noto algo tenso en el paseo, ¿estás a gusto?”. Y es que lo que para unos es normal, para otros es sencillamente una dimensión desconocida. Por eso nuestra labor consiste en minimizar los espacios de libre interpretación en la pareja, que son muy peligrosos.

 Personalmente opto por explicar tanto mi verdad, como las situaciones que me producen conflicto con la mayor claridad posible. Mi táctica es sencilla: imagino a un extraterrestre recién aterrizado en mi propio planeta que está averiguando mis costumbres y necesidades. Utilizo palabras sencillas, y preferentemente con frases en positivo que alejen cualquier connotación despectiva. En vez de decir “Me molesta que me cortes cuando estoy hablando”, probemos a expresar nuestra verdad de otro forma como por ejemplo: “Para mí es importante poder hablar sin ser interrumpida, en mi planeta lo hacemos así”.

¡Y decidir!

 Si aprendemos a comunicar de una forma respetuosa y honesta lo que nos gusta, molesta o interesa desde el principio, dispondremos de más información para decidir si la persona encaja o no con nosotros, si seremos felices a su lado, o si esa persona podrá ser feliz conmigo. Es entonces cuando podremos decidir si me quedo contigo amor, o me bajo en la siguiente estación.

2) Conocerse aquí y ahora, conocerse allí y entonces… y curarse

 Para poder comunicar, es importante primero conocer nuestra verdad, ¿No crees?

 Conocerse aquí y ahora

 Parece que en los aspectos más cotidianos, todos tenemos bien identificado lo que nos gusta o interesa. Sabemos si nos gusta el orden o el desorden, si somos más de tele o de un buen libro. Sin embargo en las cuestiones más emocionales, a veces no estamos tan familiarizados con lo que nos gusta, o no al menos conscientemente. Muchas veces nos cuesta reconocer nuestras necesidades afectivas, quizás porque nadie nos enseñó a hacerlo.

 En este sentido puede ser muy aconsejable comenzar a echar un vistazo hacia el interior para empezar a identificar lo que nos hace felices, sin que ello suponga ninguna deshonra o vergüenza. ¿Acaso lo que necesitamos no es importante?

Es muy común que las personas que por ejemplo sienten el impulso de estar en mayor contacto físico, cuando se encuentren con personas menos cariñosas, se cuestionen si su propia necesidad es buena o correcta, o si no serán demasiado sensibles. Igualmente las personas desapegadas, pueden concluir por su lado, que hay algo malo en ellos, que son fríos y distantes. Y nada más lejos de la realidad, simplemente cada uno tiene una serie de necesidades y prioridades, que son tan dignas y respetables como las de cualquiera.

Comencemos pues a ver y a aceptar lo que realmente es importante para nosotros en el amor, y comuniquémoslo sin tapujos. Si para la otra persona estas cuestiones no son prioritarias, entonces podremos decidir con mayor libertad e información.

Conocerse allí  y entonces

 Hay una cuestión especialmente relevante que en el ámbito de la Psicología relacional se conoce como “goma elástica” a la que creo hay que prestar una atención especial. Aunque nuestras necesidades y gustos son muy respetables, quizás no todos ellas se correspondan a la realidad del aquí y el ahora. Me explico.

 Es posible que sintamos la irresistible necesidad de ser cuidados y atendidos por nuestra pareja y si no lo somos, nos sentimos tremendamente desdichados. O por el contrario, puede que nos sintamos verdaderamente incómodos ante las muestras de afecto de nuestra pareja. Cuando esas sensaciones se vuelven muy intensas, es probable que tengan mucho que ver con una realidad pasada, es como si desde nuestras espaldas estuviéramos soportando la tensión de una gran goma elástica que nos conecta con una situación anterior. Desde el análisis transaccional, Carlo Moiso desveló el concepto de NALI o Necesidad Arcaica Legítima Insatisfecha, es decir una necesidad infantil pendiente que condiciona poderosamente nuestra experiencia presente. Analicemos dos casos bastante comunes.

 Persona A: Imaginemos una madre (padre o cuidador) extremadamente parco en los afectos. Como bien saben los psicólogos y etólogos evolutivos, una de las principales necesidades de todo niño es recibir afecto (para más información consultar los estudios de Pamela Levin sobre necesidades infantiles). Ese niño sentirá probablemente una gran insatisfacción, un gran vacío que irá acumulando año tras año. Puede decidir obtenerlo insistentemente de muchas maneras: exigiéndolo, portándose extremadamente bien, buscando a otras personas…, pero su necesidad de afecto inicial seguirá insatisfecha.

Cuando ese niño crezca, seguirá teniendo ese vacío afectivo, y puede que lo busque hoy desesperadamente en otro entorno. Y ¿qué entorno más íntimo y afectuoso que una relación de pareja? Es probable que exija hoy a su pareja una cantidad de afecto, reconocimiento y cariño que no obtuvo entonces, y que vuelque mucha energía en conseguirlo. Eso, abruma a cualquiera.

 Persona B: Otro caso, imaginemos por el contrario una madre (padre o cuidador), excesivamente afectuoso, que dedica muchas horas a besar, abrazar y tocar al niño, cargándole de mimos y caricias que el niño ni demanda ni necesita. El niño para frenar ese exceso afectivo, podrá defenderse volviéndose arisco, o evitando situaciones con alto grado de intimidad en el hogar, pero su necesidad de respeto a su intimidad seguirá dañada. De adulto, es probable que ese niño sienta mucho miedo ante lo que él interpretará como una invasión afectuosa de otra persona. ¿Y que mejor entorno para sentir eso que en una relación de pareja? Es probable que la persona se muestre arisca y evite las situaciones de intimidad y profundidad. Y eso, cansa a cualquiera.

 Si por casualidades del destino, la persona A se junta con la persona B, el drama está asegurado.

 Son muchas y muy variadas las estrategias de supervivencia que un niño puede adoptar para enfrentarse a esas necesidades insatisfechas, pero todas tienen en común una cosa: tenemos algo pendiente que intentamos infructuosamente ya en la edad adulta, solventar mediante estrategias pasadas de lo más variopintas.

¡Y Curarse!

 Para que las relaciones del presente estén libres de ataduras pasadas, necesitamos fomentar un sano auto-conocimiento que nos ayude a identificar dónde están nuestros, por decirlo de alguna manera, puntos débiles. Pero ¿Cómo puedo identificar si mi necesidad actual es parte de mi adulto, o si se refiere a un aspecto aun no resuelto de mi historia? ¿Cómo puedo saber si tengo NALIS pendientes? Dos claves:

 – Intensidad: ¿Lo que siento realmente me supone una emoción muy intensa que me limita en mi relación?

– Repetición: ¿Es la primera vez que siento esta emoción tan intensa o me suena mucho de diversas situaciones pasadas?

 Si la intensidad es muy elevada, y las sensaciones nos son familiares, es muy probable que se trate de una NALI en toda regla. Así que una vez identificadas podremos ponernos manos a la obra, para resolverlas y comenzar una buena terapia puede ser una opción eficaz para ello.

En resumen ¡Yo sí vengo con manual de instrucciones! Conocerse en el presente y curarse del pasado es fundamental, pero mucho más lo es comunicar al otro nuestra verdad, para poder decidir en libertad y construir una relación de amor y respeto sólida y auténtica.

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